Luis XVI, el rey cerrajero



ENRIQUE GALLUD JARDIEL

Fue amo y señor de Francia. Un monarca absoluto que vivió en el siglo XVIII, en medio del más exquisito lujo. Habitó los más suntuosos palacios y pudo escoger los más variados caminos del placer.

Pero este monarca, marcado por el destino, no gastó enormes sumas en fiestas ni mantuvo a favoritas. Eligió para su disfrute personal un pequeño taller de cerrajería donde dedicarse a este humilde oficio. En él pasó sus más agradables momentos.

El monarca había crecido entre cerraduras. Los palacios en los que habitó desde su niñez incorporaban muchas, para mantener el secretismo de la corte. Raras veces se hallaba abierta una puerta.

Se dice que Gamain, un sencillo artesano, le enseñó la técnica. Y el rey, pese a su miopía, resultó ser un alumno aventajado en ella y en todo tipo de manualidades. Todavía se conservan en Versalles trabajos suyos que dan testimonio de su habilidad en la fragua. Él se hallaba especialmente orgulloso de una caja de seguridad que él mismo diseñó y construyó. La empotró en la pared y la empleó para guardar en ella sus documentos privados. A su muerte hizo falta la intervención del más hábil cerrajero de París para abrirla, tal era la complejidad de su mecanismo.

Con motivo del nacimiento de su hijo varón, hubo celebraciones en el reino. El gremio de cerrajeros, conociendo la afición del monarca, le obsequió durante un desfile con un artilugio diseñado especialmente para la ocasión: una cerradura de seguridad de gran tamaño. Luis olvidó el protocolo de la ocasión y se dedicó durante unos minutos a intentar abrirla. Cuando lo hizo apareció dentro del artilugio una pequeña figura que representaba al recién nacido Delfín, heredero de la corona.

Luis XVI nunca quiso ser rey. La responsabilidad le abrumaba. Tenía el gusto rutinario de un burgués y nada le angustiaba más que la toma de decisiones. Era tímido y flemático. No se le daban bien las personas ni el trato social. La construcción de cerraduras aportó un elemento de serenidad y sosiego a su vida. Sin embargo, le granjeó el desprecio de una corte aristocrática, obsesionada con el protocolo y la distinción de clases sociales.

Este espíritu sencillo se vio envuelto en el torbellino de la revolución, al que no supo oponerse con firmeza. Cedió a todos y a todos y se dejó arrastrar. Fue acusado injustamente de tirano y murió guillotinado en 1793, durante el Terror. Su error político fue precisamente haber ignorado la política.

Fue soberano del reino más poderoso de su tiempo y acabó en el patíbulo. Si hubiera sido un simple cerrajero, como era su ilusión, hubiera sido un ser completamente feliz.