La reencarnación hindú en el antiguo Occidente

Enrique Gallud Jardiel
Yoga, núm. 75, (junio 2012)


         Cuando el idealismo filosófico alemán del siglo XIX entró en contacto directo con las teorías de pensamiento indias y redescubrió para Occidente el hinduismo, se hizo al mismo tiempo un segundo hallazgo de carácter peculiar: algunos de los principios básicos que ilustran este sistema de sistemas filosóficos (ya que incluye muchas variantes) se hallaban en mayor o menor grado en la filosofía clásica greco-latina y no de una forma pasajera u ocasional, sino de manera continua, debidamente explicados y comentados en detalle. Uno de tales principios es el del transmigracionismo y reencarnación de las almas como obligatoriedad autosoteriológica, lo que la filosofía brahmánica ha denominado punarjanmavâda o teoría del renacimiento y en virtud del cual las almas individuales reencarnan para continuar su evolución hasta llegar a fundirse en el Absoluto.
         En el hinduismo, el concepto de la reencarnación (punarjanma) no se halla explícito en los Veda, sino en los Brâhmana (especialmente en el Brahma-samhitâ y los Purâna, hallando su pleno desarrollo en las Upanishad, explicación y comentario de los primeros. La primera mención de esta teoría se halla en el Shatapatha Brâhmana o “Brâhmana de los cien caminos”, compuesto aproximadamente mil años antes de Cristo y en el que se especifica que el concepto de la reencarnación no necesita probarse de puro obvio y que sólo lo pueden poner en duda aquellos que se adhieran a un crudo materialismo. Antes de dicho libro no existía esta teoría de la transmigración de las almas sino la creencia en el cielo y en el infierno como lugares para premiar y castigar las acciones del hombre. La convicción fue, pues, posterior y aparece en los diversos sistemas filosóficos indios, tales como el sankhyâ, mîmâmsâ, vedânta, vaisheshika, etc. En la Bhagavad Gîtâ 8, 16 se lee:

¡Oh, hijo de Kunti! Desde el planeta más elevado del mundo material hasta el más bajo, todos son lugares de miseria donde ocurren el nacimiento y la muerte repetidos. Pero aquel que alcanza Mi Morada nunca vuelve a nacer.

         La causa de estas encarnaciones del espíritu es el apego al mundo. Los anhelos, los sentimientos, las posesiones son una ilusión que produce trishna, la sed de vida que actúa como una fuerza individualizante que impele al hombre a hundirse en la naturaleza ilusoria del mundo fenoménico, haciendo obligatoria la encarnación del alma. A la suma de estas transmigraciones es a lo que se ha denominado la Gran Cadena del Ser. Mediante su encarnación en estas vidas sucesivas, el alma individualizada tiene oportunidad de perfeccionarse, redimirse, librarse de las consecuencias de sus acciones y salir fuera de la Rueda de los Nacimientos y de la ley de causalidad, que le hace sufrir los resultados de sus actos. Aquí es donde tiene lugar la autosoteriología o redención de sí mismo por sus propias fuerzas. Dicho proceso, que el hombre debe llevar a término en sus existencias, consiste en lograr el verdadero reconocimiento de la sola existencia del Brahman.

¡Oh, Arjuna!, aquel que conoce la naturaleza trascendental de Mi aparición y actividades, al abandonar este cuerpo, no vuelve a nacer en este mundo material, sino que alcanza Mi morada eterna. (Bhagavad Gîtâ, 9, 9)

         El budismo, por su parte, no enseña la transmigración en teoría en su libro principal, Dhammapada o “Sendero de la virtud”, puesto que el concepto ya existe de antemano, por ser esta filosofía una mera derivación del hinduismo. Sin embargo, esta corriente de pensamiento define al término samsâra como “corrientes de existencias”, nos habla del pubbenivasa o recuerdo de otras vidas y en suma, admite la ley kármica hasta el apagarse del individuo en el nirvâna hinayana.
         Los estudios históricos de carácter cronológico regresivo parecen indicar que todo este cúmulo de postulados sobre la transmigración no se desarrolló en Occidente de manera espontánea sino que era consecuencia de una influencia oriental. Bien es verdad que cualquier idea o concepto abstracto pudo desarrollarse simultáneamente en diversos lugares del mundo. El estudio de la mitología de diversas culturas de la antigüedad nos lleva a deducir causas obvias y evidentes para gentes de diversos lugares, que produjeron mitos semejantes, como bien explica el historiador y antropólogo Immanuel Velikovsky en su libro Worlds in Collision. La India y su cultura encierran gran cantidad de elementos a los que les ha hallado una semejanza con otros de distintas latitudes, fenómeno al que han contribuido no poco los estudios sobre religiones comparadas. De ahí el parangón que se ha venido haciendo entre Cristo y Krishna, la relación entre el Diluvio Universal que hallamos en la Biblia y el concepto de matsyâvatâra o encarnación de Vishnu como pez para salvar al mundo –y particularmente al sabio Manu– de las aguas y la similitud entre el concepto del pralaya o disolución del cosmos y de todas las formas creadas, el ragnaröck escandinavo y el güttersverdammerung germánico o crepúsculo de los dioses. Sin embargo, los contactos de la India con el mundo occidental en épocas remotas son una realidad innegable hoy y la semejanza de sus conceptos con algunos del Occidente antiguo establece su origen indio. Queda por determinar la ruta por la que estos principios filosóficos de Asia llegaron hasta Grecia.
         El estudio de la ruta geográfica y el tiempo histórico en que tales teorías llegaron de este a oeste es tema de gran amplitud y merecedor de un tratamiento más detallado. Bástenos aquí saber que tal es la creencia generalizada. En El mundo como voluntad de representación, Arthur Schopenhauer asegura que la India, a través de Egipto, influyó en el Evangelio cristiano. Los contactos entre culturas en el mundo antiguo fueron más frecuentes de lo que habitualmente se acepta e incluso antes de la caída de Babilonia la península indogangética tuvo relaciones comerciales y culturales con Occidente. Hititas y fenicios, en su afán de expansión marítima con fines comerciales, establecieron factorías en la costa occidental de la India. Está, asimismo, el hecho de que las teorías pitagóricas ya se conocían en la India en el siglo V a. de C. y diversos científicos griegos, como Esquilax de Caryanda, Ctesias de Gnido y Diógenes Laercio, viajaron por el país o hicieron descripciones fieles de su paisaje y de la idiosincrasia de sus habitantes. El avance de Alejandro Magno sobre la India ha de considerarse como uno de los elementos más fundamentales en el establecimiento de estos contactos, que pudieron permitir la transmisión de conceptos filosóficos. Gracias a él y a sus seguidores se tuvo noticia en Grecia de los digambara, una de las dos sectas en las que se escindió el jainismo, y a la que los helenos dieron el nombre de gimnosofía o saber de los “filósofos desnudos”. Posteriormente, diversos misioneros budistas del tiempo del emperador Ashoka (siglo III a. de C.) oraron en Antioquía y en Alejandría. Estas relaciones duraron bastante y, desde aquel momento, griegos y romanos contaron en sus ejércitos con soldados nativos de la India. En el siglo I de la Era Cristiana se tiene noticia de la llegada de diversas embajadas indias a la corte de Trajano, buena muestra de la formalización de los contactos a los que nos referimos.
         Al analizarse la aparición en Grecia de la teoría de la transmigración de las almas o palliggenesia se ha pretendido justificar ésta definiendo al Oriente Medio como una especie de puente ideológico. Tal teoría se basa en la noción de que, tanto en Egipto como en Israel, aparece esta teoría que estudiamos y que de allí pudo pasar a la Magna Grecia. Esto no es exacto, pues en lo que se refiere a Egipto no existen pruebas taxativas que confirmen la existencia de tal creencia y dicha información se debe, con toda probabilidad, a la equivocada interpretación de dibujos y frescos. Entre los griegos es principalmente Herodoto (siglo V a. de C.) quien mantiene que es egipcio el origen de esta teoría. En el libro segundo de su Historia, afirma:

Cuando el cuerpo muere se introduce el alma en el cuerpo de un animal que nazca en ese momento, pasando así de un animal a otro, hasta recorrer los cuerpos de todas las criaturas que habitan la tierra, el agua y el aire, después de lo cual vuelve otra vez a un cuerpo humano y nace de nuevo. El periodo completo de la transmigración (dicen los egipcios) es de tres mil años.

         El esquema transmigracional que Herodoto atribuye a los egipcios es bastante ilógico en su formación y se basa en una mera especulación sin comprobación directa. En la religión egipcia hay avatâra o encarnaciones de un dios en una forma inferior (el cocodrilo en el cuerpo de un ser humano, etc.) pero no de otra manera. Según se cree, en Egipto se aceptaban tres clases de transformación del ser. La primera consistía en la unión del alma individual con el Uno, principio activo de la Creación. La segunda posibilidad era la de que un alma pasara a un animal durante una única vida. Esta opción fue la que dio pie a la deducción ya a puntada y que sigue todavía hoy siendo tema de controversia. La tercera manera de transformación implicaba una transmigración voluntaria a cualquier forma para el propio beneficio. Esto entra de lleno en el terreno de la magia y se aparta de nuestro tema principal. De todas formas hay que reiterar que no se han hallado textos esclarecedores que confirmen la creencia en estas dos últimas formas citadas de transmigración temporal. En cuando a la antigua Judea, existía allí, efectivamente, una teoría de misticismo esotérico de origen desconocido y que incluye elementos algo semejantes a los del hinduismo. Los postulados que la componían fueron rechazados rotundamente por el judaísmo ortodoxo, aunque tolerados en la práctica hasta cierto punto. No parece probable que el concepto transmigratorio griego derivara de alguna de estas dos interpretaciones, lo que es un punto más a favor del la teoría del origen indio del mismo.
         De acuerdo con la documentación asequible, la doctrina de la transmigración la introduce en Grecia por primera vez Ferécides de Siros, nacido alrededor del año 600 a. de C. Ferécides fue el maestro de Pitágoras (580-?), a quien transmitió sus ideas y postulados sobre la inmortalidad del alma. Pitágoras y sus seguidores continuaron alimentando esta creencia, como nos refiere Porfirio, discípulo de Plotino, quien vivió en el siglo III de nuestra era y fue el principal informador sobre el filósofo de Samos.
         La materia espiritual al separarse de Dios o Principio Absoluto se transforma, según Pitágoras, en lo que denomina dyada, su concepto del alma. Dicha alma individual pasa en diversas existencias por varias encarnaciones, siendo para ella cada vida un período de prueba y expiación de culpas o de obtención de recompensas por las buenas acciones, a semejanza del karma hindú. Tras la purificación que en dichas transmigraciones puede conseguirse, el alma se libera del ciclo de los nacimientos y vuelve a fundirse en lo divino Obsérvese la total semejanza con el concepto hindú. Según la leyenda, el mismo Pitágoras reencarnó diversas veces, de las que guardó memoria, como nos informa Heráclides de Ponto (siglo II a. de C.), filósofo peripatético y discípulo de Platón. Según él, Pitágoras fue Euforbo, hijo de Pauto, y fue muerto por el rey Menelao a las puertas de Troya, como refiere Homero en la Ilíada. En otra vida fue Etálides, hijo de Hermes, de origen semidivino, siendo el heraldo de los argonautas a los que Jasón condujo a la Cólquida en búsqueda del vellocino de oro, según la famosa leyenda. En una encarnación posterior fue Hermótimo; luego, Pirro y, por fin, Pitágoras, quien, al encarnar tras doscientos siete años, dijo: “Mi alma volvió a ver el sol.” Pitágoras, al igual que luego Empédocles, afirmaba poseer la facultad de recordar sus vidas pasadas y guardaba memoria clara de haber peleado frente a los muros de Ilión.
         También es digno de destacarse el concepto en que tenían los pitagóricos a los animales. Según su maestro, las bestias poseen un alma pensante no inferior a la humana, pero que no se puede manifestar por su imposibilidad corpórea. El respeto que los pitagóricos sentían por la fauna les llevó a adoptar una dieta especial que consistía en comer únicamente la carne de aquellos animales en los que se creía que nunca entraba el alma de los hombres. Tales animales eran los lechones, los cabritos y las gallinas. Este concepto varió con el tiempo y, como nos dice el filósofo Aristóxenes (siglo IV a. de C.), a los pitagóricos se les permitía comer de todo, menos bueyes y carneros. Otras escuelas pitagóricas no comían algunas partes, como los testículos y la médula, por estar éstos asociados particularmente con la fuerza vital y la capacidad de creación. Otros grupos de seguidores de Pitágoras fueron totalmente vegetarianos.
         La influencia de los conceptos de los pitagóricos sobre el alma fue grande y se hizo sentir durante siglos entre las diversas escuelas filosóficas de la Hélade. A partir de este punto, el concepto de reencarnación en Grecia se desarrollaría siempre tomando como base lo que Pitágoras dijo sobre éste. Es sobradamente sabida la credibilidad que el filósofo obtuvo en todas sus afirmaciones pues, durante siglos, para aseverar la verdad irrefutable de un hecho, a los pensadores griegos les bastó exclamar: “¡Él (Pitágoras) lo ha dicho!”.
         El conjunto de las ideas, teogonía, himnos sagrados y colección de fórmulas mágicas y purificadoras atribuidas a Orfeo, supuesto padre de la poesía griega, recibió el nombre de orfismo. Este culto misterioso, contemporáneo de los mismos orígenes de la civilización helénica, dio expresión mística y poética al concepto de metempsicosis, de la misma forma que Pitágoras le había proporcionado una estructura filosófica. Dicho concepto llega a su apogeo en el siglo VI a. de C., asociado al orfismo y al culto de Dionisios. En un principio, los orfistas entendieron la metempsicosis como la consecuencia última del totemismo primitivo. El guerrero se come al guerrero para apropiarse de su valor y de su habilidad. La creencia de un alma individual para cada cuerpo se desarrolló con posteridad de la siguiente manera: el alma del hombre es de origen divino y la Tierra es una morada indigna de su excelsitud. El alma se encuentra encerrada en el cuerpo como en una tumba o prisión, en castigo de una falta antigua cometida por los titanes, antepasados del hombre y que dieron muerte traidoramente al joven dios Zagreo. En su peregrinación por la tierra, el alma, sujeta al pecado original, es como un ángel caído que pena por sus pecados. Esta alma es de origen sutil y, según nos dice la poesía órfica, la conducen los vientos y penetra en nosotros por el aliento. El vocablo griego pneuma posee dos acepciones: “aliento” y “alma”. En cuanto a las posibilidades autosoteriológicas de ésta, el orfismo plantea que no puede regresar a su gloriosa patria primera sino por medio de la expiación o la purificación. La primera vía implicaba un sufrimiento obtenido mediante castigos infernales y la segunda abría la posibilidad de entrar en el ciclo de los nacimientos para mejorar el destino en encarnaciones sucesivas. Nótese de nuevo la similitud con el concepto que aparece en los Brâhmana. No obstante, el orfismo creía en la posibilidad de detener estas encarnaciones mediante fórmulas mágicas y ritos especiales. Así, la iniciación en los misterios órficos que conferían los sacerdotes, encantadores y curanderos tenía por objeto ahorrar a las almas el paso por el ciclo del renacimiento. Aquellas que lograban liberarse de esta ley eran consideradas “almas sabias”. Estas vivían una vida “seca”, por oposición a “húmeda” o necia, ya que los orfistas consideraban al fuego como elemento primordial en el universo, a la manera de Heráclito. Además, dichas almas escuchaban al logos y sabían que el conocimiento incluye la verdad y todos sus opuestos, insertos en una gran unidad superior o Ente Absoluto.
         Los filósofos presocráticos de diversas escuelas dan continuidad al principio de la transmigración y a través suyo llega éste posteriormente hasta Platón. Todos ellos creían unánimemente en la inmortalidad del alma y aceptaron casi las enseñanzas pitagóricas sobre el punto que nos ocupa. Píndaro (522-443 a. de C.), famoso poeta lírico, hace frecuentes alusiones en sus escritos a la teoría de la reencarnación de las almas. De Alcmeón de Crotona, nacido también en el siglo VI a. de C., discípulo de Pitágoras y afamado médico, es la siguiente frase: “El alma imita a las estrellas divinas no sólo en el movimiento auto-impulsado, sino también en el circular o cíclico.”
         En el siglo V a. de C. es Empédocles quien mayor impulso da al concepto de reencarnación. El filósofo de Agrigento escribió un gran poema sobre la inmortalidad y la transmigración, con una apoteosis final del alma. En un fragmento de dicho poema, titulado Las purificaciones, leemos:

Nuestro nacimiento no es sino un sueño
y un olvido.
El alma que surge con nosotros
la estrella de nuestra vida
ha tenido en otra parte su declinar
y viene de lejos.

         Empédocles guardaba memoria asimismo de sus pasadas encarnaciones, en las que recordaba haber sido “...un muchacho, una doncella, un arbusto, un pájaro y un pez en el Océano”. (Las purificaciones, 117).
         La obra de Platón (427-347 a. de C.) trata abundantemente del alma y de todo cuento con ella se relaciona: su esencia, sus modos de ser, sus tendencias y las vicisitudes por las que pasa en los diversos mundos. H.G. Rawlinson, en su ensayo La India en la literatura y el pensamiento europeos,afirma: “La metempsicosis y la doctrina complementaria del karma constituyen la piedra angular de la filosofía de Platón”. Esta analogía –o coincidencia, si se quiere– queda bien demostrada en los Diálogos y refuta a algunos críticos que han querido utilizar habilidades dialécticas para subrayar la duda de que Platón creyera por completo en la inmortalidad del alma. La teoría platónica de la inmortalidad está tomada en parte de Pitágoras y muy influenciada por Alcmeón. En su dialogo Menón, postula lo siguiente:

Dicen que el alma del hombre es inmortal. Llega a su fin en un momento dado –lo que llamamos muerte– y nace en otro de nuevo, pero nunca se extingue totalmente.

         Y en Fedón añade: “Nuestras almas existen en el próximo mundo.”
         Este concepto de reencarnación ayuda al filósofo a completar su teoría del conocimiento. Deduce que, como el mundo de la experiencia no se puede conocer, la consciencia de la verdad que adquirimos en esta vida es una recopilación o reconocimiento de lo que sabemos antes de nacer. Volviendo al tema, observamos que los ciclos de encarnaciones por lo que pasa el alma han sido prefijados por el Creador, de acuerdo con leyes estrictas de proporciones musicales y geométricas. En La república, el panfiliano, contempla a las almas desencarnadas eligiendo sus nuevas encarnaciones y tomándolas de manos de Laquesis, hijo de la Necesidad (personificación sutil de la ley de causalidad). En el libro, Orfeo elige el cuerpo de un cisne; Tersitas, el de un mono; Ayax, el de un león; Agammenón, el de un águila y Ulises, el de un hombre sin ansiedad.
         Las almas encarnadas –asegura Platón– tienen en ocasiones la tendencia a someterse a los mandatos del cuerpo y esto distorsiona los ciclos prefijados a los que ya hemos hecho referencia. En Fedón se asevera:

Lo corpóreo es pesado, opresivo, terrenal y visible. El alma, influenciada por esta presencia, se lastra y cae en el mundo visible.

         En el mismo diálogo se nos habla también de almas castigadas por mil años hasta otra encarnación, debido a sus faltas. Los hombres, tras un período de contemplación, vuelven a encarnar como hombres si sus actos han sido meritorios. En el caso contrario, han de encarnar en el cuerpo de una mujer, como se dice en el diálogo Timeo. Este concepto de la degeneración del alma lleva a Platón a explicar con arreglo a él la evolución de las especies: los pájaros son encarnaciones de hombres inofensivos, pero intelectualmente inferiores, sin cerebro; los cuadrúpedos son seres sin filosofía, arrastrados a sus acciones por los impulsos del corazón. En Platón y en su concepto del transmigracionismo hallamos una coherencia verdaderamente sorprendente y que influiría posteriormente a filósofos estoicos, como Posidonio (135-50 a. de C.), quien habla de reencarnaciones periódicas.
         Entre los filósofos griegos posteriores a Aristóteles es el neoplatonista Plotino (205-420), quien fusionó las doctrinas de Platón y el pensamiento oriental en un panteísmo emanantista, el que vuelve a tocar en profundidad el tema de la transmigración de las almas y más se acerca a la noción hindú. Para él, el alma –nous– procede del alma cósmica. Nos habla de un “alma en el mundo”, vivificadora y animadora de todo él y de las almas particulares que conservan una huella de su unidad. El espíritu se halla sujeto a dos principios: uno descendente, a modo de eficiente causalidad, y otro ascendente y teológico. Así dice: “Descendemos de Dios, ascendemos a Dios”, recalcando que el destino del alma depende del uso hecho de las encarnaciones. En la Eneada III, 4, 2 afirma Plotino:

Aquel que ha ejercitado sus capacidades humanas vuelve a ser de nuevo un hombre, pero el que ha vivido sólo de sensaciones y sin pensar se convierte en animal. Si ha permanecido en la pasividad, sin tener incluso pasiones activas, puede convertirse incluso en una planta.

         A continuación nos comunica que siempre existe una retribución adecuada para una vida inmoral: el mal amo reencarna como esclavo y el rico injusto, como pobre. Aquel que mata a su madre reencarna como mujer y es muerto por su hijo. En medio de esta cadena de causas y efectos, el alma aspira siempre a unirse con el Uno, pero sólo las almas que dominan su cuerpo pueden conseguirlo. “Aquellos cuyas almas son puras y han perdido la atracción de lo corpóreo, dejan de depender del cuerpo y pasan a la región del Ser y de la divinidad, que no puede ser aprehendida por la visión humana”. (Eneada IV, 3, 24).
         Roma no añade mucho a lo que los griegos avanzaron en materia filosófica, pero recoge y conserva su sabiduría, haciendo suyas muchas teorías. Los escritores latinos aceptan lo postulado por los griegos en lo referente al alma y sus encarnaciones. Encontramos la siguiente alusión al ciclo de las reencarnaciones en unas tablillas halladas cerca de Roma y que datan aproximadamente del siglo IV a. de C:

He salido de la Rueda de los Pesares
He pasado ansioso al círculo deseado.

         Quinto Horacio Flaco (65-8 a. de C.), el famoso escritor, habla de los “sueños pitagóricos” de Ennius, quien recuerda sus encarnaciones (Epístolas II, 2, 51) y el poeta Publio Ovidio Nasón (43 a. de C.-17 d. de C.) muestra en Las metamorfosis a Pitágoras perorando en contra del asesinato de animales, porque éstos son receptáculos de las almas humanas. La tradición, por tanto, se conserva.
         Avanzando hacia el norte de Europa hallamos otros pueblos que, aunque ajenos a la cultura greco-latina, también comparten firmemente la creencia en la reencarnación del alma. Las tribus galas, que ostentaban como doctrina un panteísmo animista, parecen ser hasta cierto punto discípulos de la escuela pitagórica, a decir de Diodoro de Sicilia (siglo 1 a, de C.), quien escribe en su Biblioteca de historias:

Entre los galos prevalece la doctrina de Pitágoras que afirma que las almas de los hombres son inmortales y que, tras un número determinado de años, comienzan a vivir de nuevo, entrando en otros cuerpos.

         De acuerdo con esta convicción, los galos daban a los moribundos cartas para los muertos y se prestaban cantidades de dinero pagaderas en otras vidas. A pesar de esto, y por no haber en su religión –druidismo– un principio rotundo de justicia inmanente, los galos no distinguen el destino de los justos del de los injustos, por lo que el elemento autosoteriológico se halla ausente y las varias reencarnaciones no parecen tener un sentido último coherente.
         Los pueblos celtas, al contrario que los de la Galia, muestran gran consecuencia en sus creencias, como afirma H. d’Arbois de Jubainville en su obra Le cycle mythologique irlandais et la mythologie celtique. Los celtas, como puede deducirse de un estudio detallado de la leyenda de Mongán y sus encarnaciones, daban importancia capital al elemento ético y a la ley de causalidad en su teoría de las reencarnaciones, aunque éstas no eran para todos, sino sólo para los héroes o para aquellos tenidos como excepcionales entre los antiguos irlandeses.
         También entre los pueblos teutones y escandinavos se afirma esta creencia. Apiano, historiador griego del siglo II, nos dice en su Rebus gallicis, que los germanos son valerosos “...porque creen en la reencarnación y, por tanto, no temen a la muerte”. En los antiguos poemas escandinavos hallamos el término aptrborin o renacimiento y referencia a la costumbre de dar una bendición especial que consistía en desear que el hombre, tras la muerte, no tuviese que nacer de nuevo, lo que implica una idea de la reencarnación como un proceso necesario para expiar culpas. Se suponía que cada alma ostentaba el mismo nombre en cada encarnación sucesiva y la persona ya fallecida que se le presentase en sueños a una mujer preñada se consideraba que encarnaría en el futuro nacido, por lo que se le daba a éste el nombre del aparecido.
         Hasta aquí el concepto de la transmigración de las almas en el Occidente antiguo. En el pensamiento moderno y contemporáneo esta creencia no ha sido tan popular como antaño, aunque no deja por ello de tener sus partidarios fervorosos. Los románticos alemanes y franceses hicieron frecuentes alusiones a la reencarnación y el concepto ha aparecido en diversas escuelas de pensamiento, como el transcendentalismo de R. W. Emerson. La Sociedad Teosófica que la Sra. Blavatsky fundara en l875 para el estudio comparativo de las religiones dio nuevo ímpetu a la teoría en el cambio del siglo, hasta el punto de que el pretender recordar vidas pasadas se convirtió en uno de los snobismos más difundidos de su época. Si se analizan cuidadosamente algunos enunciados y frases al parecer de escasa claridad en los escritos de Andreyev, Dostoyevski, Wilde, Sartre, Hesse y varios otros literatos modernos, se hallará latente esta creencia en la metempsicosis. Y Jacinto Benavente, Premio Nobel de Literatura en 1922, aconsejó rotundamente en una conferencia:

Siempre que hayamos de descifrar enigmas, preguntemos al hombre, a nosotros mismos. El nos dirá del mar y de la tierra, del cielo y de sus astros, de la mujer y de los otros hombres; él nos dirá del insecto y de Dios...; ¡porque todo lo hemos sido y todo hemos de ser!